INTIMIDAD
“Pero tú, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre que está allí, a solas contigo, y tu Padre que ve lo que haces en secreto, te dará tu premio” (Mateo 6,6)
Querido amigo, se supone que ya te encuentras a solas y en una habitación u oratorio (también podría ser en un rincón apartado, junto a la naturaleza). Lo importante es que haya silencio y soledad.
Pero también tiene que haber silencio y soledad dentro de ti. Tiene que haber silencio en tu cuerpo y en tu mente. Tómate tu tiempo para ello. Concentrarte, primeramente, en tu respiración y observarla. Ve soltando y relajando los músculos de la cara, los hombros, los brazos, el estómago y las piernas… Vacía también tu mente de pensamientos y recuerdos… Es lo que más cuesta. Probablemente los recuerdos y deseos se te prenden. Suéltalos. Para el motor de tu mente, para que haya silencio y vacío total. Dentro de ti no hay nada, fuera de ti no hay nada. ¿Qué queda entonces? La presencia de ti mismo hacia ti mismo, en silencio y paz. Quien percibe eres tú y lo percibido eres tú. En este momento, siéntete tú mismo, en silencio y mismidad.
Ahora sí estás ya en disposición de abrirte a una cena íntima que recrea y enamora, a una relación o encuentro con tu Padre Dios que está en ti. El siempre está y siempre ha estado, sólo que los ruidos y las dispersiones de tu ser impiden que lo percibas.
Di despacio las siguientes palabras, trata de percibir y vivir en ti, lo que vas diciendo. Haz pausas y repite aquellas frases que más te lleguen.
Señor, Tú me sondeas y me conoces: en todo momento estoy ante Ti.
Te das cuenta de mis pensamientos. Lo mismo en el trabajo que en el descanso.
Sabes muy bien lo que hago, mis costumbres te son familiares:
antes de llegar mi palabra a mi lengua, ya, Señor, te la sabes toda.
Me estrechas detrás y delante, me encubres con tu palma,
lo mismo que el aire, así me rodeas Tú.
Lo creo, Señor, aunque no pueda entenderlo.
¿A dónde iré lejos de tu aliento, a dónde escaparé de tu mirada?
Tú estás aquí y allí, en el extremo del horizonte,
en lo alto de la montaña, en lo profundo del mar.
No puedo ocultarme a tus ojos porque no hay oscuridad para Tí.
Tu mano no me deja un momento.
Cuando quiero buscarte, me esperas ya dentro de mí.
Fuiste Tú quien me dio la vida, y me formaste en el seno de mi madre.
Desde mucho antes, Tú me conocías, tenías previsto qué iba a ser de mí, habías contado conmigo para tu obra.
Hazme sentir tu presencia en cada instante, para que haga lo que es de tu agrado y tu ilusión sobre mí se vea cumplida.
Oración “Tú me conoces” (S-4)
Sigue permaneciendo en un recogimiento íntimo y experimenta por largo rato, en fe y amor, la vivencia de cada una de las siguientes expresiones:
- Tú eres conmigo…
- Estás conmigo…
- En Ti existo, en Ti me muevo, en Ti soy…
- Estoy dentro de Ti, estás dentro de mí…
- Estás substancialmente presente en mi ser entero…
- Eres alma de mi alma y vida de mi vida…
- Eres más yo que yo mismo…
- Tu presencia vivifica cuanto soy y cuanto tengo
- Silencio… Soledad… Mismidad…
- Estás conmigo… Eres conmigo… Estás conmigo…
Permanece en esta intimidad, en esta noche sosegada, en esta música callada, en esta soledad sonora, en esta cena íntima que recrea y enamora… el resto del tiempo que dispongas… pero ya, sin utilizar palabras. Quédate solo en la vivencia de: “Estás conmigo”.
Y antes de bajar a la vida, tras la vivencia de esta oración íntima y profunda, ponte delante del Señor con las manos extendidas, pidiéndole seguir sintiendo su presencia en ti.
Termina con esta oración:
Día tras día, Señor de mi vida, quede delante de Ti, cara a cara.
De manos juntas, quedaré delante de Ti, Señor de todos los mundos, cara a cara.
En este mundo que es tuyo, en medio de las fatigas,
del tumulto de las luchas, de la multitud agitada,
he de mantenerme delante de Ti, cara a cara.
Y cuando mi tarea en este mundo estuviere acabada, oh Rey de Reyes, solo y en silencio, permaneceré delante de Ti, cara a cara. Amén
Oración “Cara a Cara” (S-2)
El Señor te bendiga, te guarde y te conceda la paz. Shalom